Crónica del viaje en combi, de Cuzco a Pillcopata

Son las diez y algo de la mañana y nos encontramos en el control de San Jerónimo, a las afueras de Cuzco, esperando nuestra combi para ir a Pillcopata, al Parque Nacional de Manu. Estamos los dos muy ilusionados y de muy buen humor ya que encontramos por fin una manera barata de ir a la selva. Nuestro coche sale a las diez y media, pero nuestras andanzas por Perú nos enseñaron que es algo orientativo.

Estamos sentados en la acera, con nuestras mochilas entre las piernas. Es de las pocas veces en Perú que no vemos más turistas. En la zona del paradero prevalece el caos, algo característico de estos rincones. Los coches van y vienen, los trabajadores de las compañías de trasporte intentan llenar sus coches, los vendedores callejeros te ofrecen constantemente bebida y comida y la gente anda apurada pero se para a conversar con sus conocidos. Gritos, pitidos y risas.

Son las once y ya nos llaman para entrar en la combi. En los asientos de delante esta sentada una mujer con su hijo pequeño. Desde la puerta un señor flirtea con educación. Sentimos que estamos viendo una película de época. El señor le habla con mucha elegancia y le invita a visitar sus campos de yuca. El carro se llena y las puertas cierran. Nos quedan siete horas de viaje. Pero el coche no arranca, algo va mal con el motor. Nos miramos y reímos.

A lado del conductor esta sentado el señor de los campos de yuca y otro más mayor. Delante nuestra sigue la madre con su hijo pequeño. Atrás, esta sentada otra mujer que en su mochila lleva dos pollitos, y a su lado su hijo adolescente. Más atrás, otra mujer con vestimenta tradicional y varias cestas de verduras que no para de sonreír. Son las doce menos cuarto, el motor está arreglado y el coche listo para arrancar.

A hora y media de distancia, paramos de nuevo. La carretera esta en obras, imposible seguir. El coche retrocede y nosotros preguntamos si hay una carretera alternativa. El adolescente se ríe y nos enseña el nuevo camino. Un sendero de piedras, estrecho y empinado. Nosotros, con la suerte de que no nos molestan las curvas, contemplamos el paisaje, todavía andino, desde la ventana. Pero la madre del joven empieza a vomitar sin parar y los pollitos se quejan piando.

Un par de horas más tarde, empieza a llover fuertísimo y el agua entra por la puerta. Volvemos a reír junto con el chico joven y agradecimos que esta vez pusimos las fundas impermeables en las mochilas. La combi sigue y la lluvia para. Durante el camino nos cuentan del pueblo y de cosas que podemos hacer por la zona. Nos ilusionamos todavía más. La señora de las verduras sigue con su enorme sonrisa. La mujer de detrás ya más tranquila alimenta sus pollitos y la madre que esta sentada delante, intenta sujetar la nariz de su hijito que esta sangrando.

Son casi las cinco y ya entramos en la selva. El paisaje cambia por completo. Flora salvaje y viva. Todo es verde. Es mágico. Miramos por la ventana atontados y los demás se ríen. Un poco más adelante el camino se pone muy estrecho y el coche avanza con dificultad. En la siguiente curva un derrumbe. La gente local se lo toma con normalidad así que no nos preocupamos. El conductor lo atraviesa con maniobras. Nosotros seguimos mirando alucinados por la ventana y decidimos que es mejor mirar los árboles que el camino.

Dos horas más tarde empezamos a ver aldeas en medio de toda esta alocada vegetación. Es casi de noche pero las vistas siguen siendo fascinantes. Las casas nos parecen súper lindas, rodeadas de cocos, plátanos y papayas. Ya llegamos a nuestro destino! Todos se ofrecen para ayudarnos a encontrar nuestro alojamiento y se despiden con calidez. Nuestro viaje se finaliza!

Las combis están llenas de historias y nuestro viaje lleno de historias de combis. Estos relatos son los que de verdad hacen nuestro camino único. Los monumentos y los paisajes nos maravillan, pero la naturalidad de la gente nos asombra mucho más. Volver a viajar en autobús por Europa se nos hará muy aburrido y demasiado seguro!

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