En la duna de La Esperanza

Cuando uno está disfrutando del sol en la playa de Huanchaco, en la costa de Trujillo, y mira hacia el interior, verá a lo lejos una enorme duna con puntitos negros. Como si fuesen hormigas.

Probablemente, ese será el único contacto que la gran mayoría de turistas y locales tengan con este lugar. Y seguro no pueden imaginarse la realidad de lo que están viendo desde la distancia.

Al acercarse a la municipalidad de la Esperanza, al norte de la ciudad, esas “hormiguitas” se convierten en lonas de plástico y techos de uralita. Los hogares de miles de personas que viven allí.

Pero para conocer la realidad no basta con quedarse en la avenida principal y mirar hacia arriba. Hay que subir. En las calles de arena, que se forman entre estas casas de lona y uralita, los niños juegan, los adultos conversan y la gente se ríe. Sí, pasa hambre, pero se ríe.

Nosotros tuvimos el privilegio de pasar largos ratos allí durante dos semanas. Llegamos a Trujillo ilusionados por la oportunidad de trabajar quince días con niños en un barrio marginal de la ciudad y apoyar un lindo proyecto de una ONG. Nuestras vivencias fueron intensas y emotivas. No obstante, en tan solo dos semanas pasaron muchas cosas, buenas y no tan buenas. Más adelante, en nuestros relatos hablaremos de todo lo que pasó. Ahora no estamos preparados para escribir sobre eso. Necesitamos tiempo y distancia.

Pero si que tenemos la necesidad de expresar nuestros pensamientos de la duna de La Esperanza, como una forma de dar una vez más las gracias por lo vivido. Nuestros momentos fueron inolvidables. Jugar con los niños, hablar con sus madres, ser invitados a refrescos en casas sin suelo ni paredes, y recibir el cariño natural de la gente que nos abría las puertas de sus hogares.

casa en la duna

No obstante, la alegría que caracteriza la gente que hemos conocido allí, se confronta con una realidad muy dura de niños malnutridos, sin escolarizar, situaciones de violencia doméstica y condiciones de vida muy difíciles. Circunstancias inhumanas a las que los habitantes de la duna se enfrentan con vitalidad y paciencia.

Fue duro decir adiós a este lugar y despedirnos de su gente y de nuestros compañeros voluntarios. Fue una experiencia fuerte y mágica. Por días, sentíamos que nuestros corazones se quedaron atrás, olvidados en algún lugar sucio y arenoso de la duna. Y nuestras perspectivas empezaron a cambiar. El simple hecho de volver a casa y poder ducharnos con agua corriente o ir al baño y tirar de la cisterna, eran un privilegio al que estas personas no tienen acceso. Aun así, viven su vida con más alegría y dignidad que mucha gente con la que nos hemos cruzado en nuestras vidas.

En la duna de La Esperanza se esconde una realidad cruel. Una realidad que todos nosotros, los hijos del “prospero primer mundo” sospechamos de muchos sitios de este planeta. Pero, nos acostumbramos a cerrar los ojos y tapar los oídos, pensando que así estas realidades no afectarán a nuestras vidas y costumbres. Ojalá un día abriésemos todos los ojos, destapásemos todos los oídos y con humildad reflexionásemos. Así quizás, esas “hormiguitas” repartidas por todo el mundo que las sociedades desarrolladas miran desde la distancia, vivirían realidades muy diferentes.

la urba y el mar

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